Terminado el primer volumen del cuadernillo de vacaciones santillana hace ya un par de semanas,  me aventuré a comenzar con el segundo. Bastante más complejo que el anterior ya que como bien sabrás, el primero trataba de la «familia política» y este sin embargo, atañe directamente a la mía. Los Grandes Maestros nada tienen que ver con los que en su día nos enseñaron a sumar, dividir y multiplicar. Los verdaderos maestros vienen disfrazados de madres, padres, tíos, hermanos, cuñados…Adoptan todas estas formas para posicionarse cerca de ti y enseñarte lo que debes aprender. Es así de simple y así de complejo a la vez….

¿Quieres que te cuente lo que aprendo yo cada minuto que paso con ellos?

Vacaciones Santillana II Parte.

Cuando llegué de Granada y antes de ir a Yebra pasamos por casa de mi Madrina (hermana mayor de mi madre) para que pudiera ver a los pequeños. Ella tiene la gran suerte de poder escapar del calor de Madrid y retirarse en los meses de estío al fresquito coruñés. Casi todos los veranos mi madre, mi pequeño y yo, solemos pasar con ella unos días y de paso refrescarnos un poquito también.

Andaba yo el año pasado por estas fechas a punto de dar a luz a mi segundo hijo y por este motivo,  no pudimos realizar la visita anual que acostumbramos. Así que este año y ya desde Navidad, nos viene recordando que este verano tocaba visita alegando que quizás sería el último (ya que ronda los 84 años).

Sacamos billetes y nos preparamos para el viaje….

Como te contaba, antes de ir a Yebra pasamos por su casa de Madrid y estando allí aconteció un hecho bastante desagradable que me obligó a replantearme el viaje hacía el Norte.

Para ponerte un poco en situación mi familia es muy pequeñita, de hecho mis dos hijos son los únicos peques que reinan en ella por doquier sembrando alegría y alboroto. Todos están deseando estar con ellos y este viaje, es siempre la excusa perfecta para que puedan disfrutar de ellos sin restricción de horario y tiempo.

Aunque a priori la decisión de ir o no ir pueda parecerte sencilla para mi y por circunstancias familiares no lo es tanto y esta idea estuvo rondando incansablemente en mi cabeza varios días. Valoré todas las opciones de la manera más objetiva que pude y finalmente decidí no ir. Tocaba ahora comunicar mi decisión…

Primero a mi padre,  quien me ofreció su apoyo incondicional como siempre hace. Después abordé el segundo escollo y expresé mi decisión de la mejor manera que pude, a mi madre. A pesar de abrirla mi corazón y hablar desde la sinceridad, aquello no le gustó nada y trató de quitar hierro al asunto con un sinfín de alegaciones muy poco razonables. No la quedó más remedio que aceptar. A la mañana siguiente (el día anterior a la fecha de vuelo programada) se lo diría a mi madrina, lo que me tuvo desvelada prácticamente toda la noche. Amaneció y decidí no postergar demasiado el comunicado. La llamé y traté de explicarle al igual que hice con mi madre pero créeme si te digo,  que su reacción me ablandó tanto el corazón que al colgar el teléfono tenía otra vez una maraña bien montada dentro de mi cabecita pensante.

Recurrí de nuevo a mi padre. Él, siempre sabe estar a la altura de cualquier circunstancia y su democrática opinión siempre es una buena guía para mi. Entendí que lo que se jugaba era importante y termine de hacer la maleta. El hecho de que mi madrina fuera la gran perjudicada de esta historia también fue determinante. Hice de tripas corazón a pesar de que cada latido me decía quédate y vuelve a casa…Embarcamos al día siguiente.

La alegría de mi madrina al abrirnos la puerta,  se reflejaba en cada expresión, en cada acto y en cada palabra. Estar con los niños es una inyección de energía y sus desgastados ojitos vuelven a recuperar el brillo cuando esta con ellos.

Todo iba más o menos bien,  hasta qué transcurridas 48 horas otro desafortunado hecho aconteció…

Quería irme de allí, regresar a mi casa, me sentía atrapada sin poder volver. No había billetes de tren, tampoco de autobús e, intentar cambiar el vuelo suponía un desembolso económico impensable. Traté de mantener la cabeza fría para encontrar una posible solución. Apareció una vez agotadas las demás vías y, no pudiendo volver antes de la fecha programada, decidí que reservar un apartamento era la solución ideal teniendo en cuenta las circunstancias. No tener que pasar el resto de los días en una casa que se quedaba pequeña para todos los que allí estábamos suponía un alivio temporal,  que hizo mucho más llevadera nuestra estancia allí.

El resto de los días, visitamos a mi madrina a la hora de comer gestionando el tiempo de la mejor manera a pesar del mal sabor de boca.

La noche antes de nuestra partida, busqué un ratito para hablar con mi madre y mi madrina y manifestarles cual era mi sentir ante todo lo que había ocurrido. Durante los días que allí estuve traté de transmitirla mi cariño a pesar de no seguir queriendo estar bajo el mismo techo. Ella a mi pesar es la gran damnificada de esta historia.

Una vez de vuelta y con la cabeza fría, me propuse encontrar el verdadero significado de todo aquello. Tras invertir buenas dosis nocturnas de tiempo, llegué a dos conclusiones:

  1. Cuando te encuentres ante una situación peliaguda y no sepas que hacer, pregunta siempre a tu corazón. Yo lo hice y él me dio la respuesta. Fui yo la que se empeñó en hacer lo contrario y  no escuchar su sabio mensaje.
  2. A veces nos responsabilizamos de situaciones y hechos que no tienen que ver directamente con nosotros, como si fuéramos los grandes protagonistas. Yo que siempre he tratado de ser la salvadora de mi familia repartiendo soluciones como las cartas de una baraja, comienzo a entender que uno ante determinadas circunstancias puede hacer hasta un punto. Rebasarlo conlleva un desgaste enorme de energía, no es nuestra tarea, ni nuestra labor.  Hacer hasta donde uno puede sin exceder nuestros propios límites y el resto….confiárselo a la Vida. Soy consciente de que esta idea te puede parecer un tanto abstracta en este momento pero estoy segura, de que asaltará tu mente cuando necesites ponerla en práctica.

Todo este tobogán emocional tuvo una repercusión directa sobre los alimentos que se me antojaban y que normalmente no lo hacen con tanta intensidad. Quería comer todo tipo de dulces y devorar tabletas enteras de chocolate. Era perfectamente consciente de donde surgía esa necesidad y en alguna ocasión, me concedí la licencia de volcar la tensión acumulada en un humilde paquete de galletas.

Sobre esto último precisamente va esta charla que comparto contigo y que Migdalia TV tuvo la amabilidad de grabar, donde trato de desgranar cuales son las razones de comer en exceso, de comer alimentos que no están alineados con nuestra esencia y sobre todo, que se esconde detrás de este comportamiento. Por qué es perfectamente humano sentir ciertos deseos y concedernos el permiso siempre y cuando, tratemos de analizar de donde nacen esos impulsos para no convertir la comida en una vía ciega de escape.  Espero de corazón que pueda arrojar un poquito de luz si te encuentras en una situación así.

Ver Vídeo: Hambre Emocional: Comida que Anestesia

Con todo mi cariño,

Eva.

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